El artificio de la escritura / The artifice of writing


jueves, 25 de junio de 2015

Reporte de viaje: 2. En Manchester

A Manchester llegué no como turista sino como peregrino en visita a lugares para mí principales que desde hace muchos años tenía pensado visitar. De ella, donde trabajó varios años como arquitecto, emigró a Chile con su familia en 1887 u 88 mi bisabuelo, Roger Fleming Tolson.










La ciudad, que fue cuna de la Revolución Industrial y un centro industrial y comercial de gran riqueza y actividad en la época victoriana, mantiene en sus calles céntricas una arquitectura imponente de edificios administrativos, comerciales e industriales. Caminarla es un deleite para el que tiene interés en la arquitectura. Fue lo que hice en los días que pasé en ella: rondar sus calles admirando su pasado esplendor y tomando algunas fotos, un poco al azar por lo imposible que es fotografiarlo todo.

Tomar fotos, una tarea que el viajero se impone y cumple con obsesivo sentido de un deber que algo tiene que ver con la fugacidad del tiempo y lo perecedero que el estar de viaje hace más patente, complica no poco la experiencia del peregrino. Desde luego distrae de la apropiación del espacio o contorno inmediato que se consigue en la observación al querer memorizar para una futura contemplación cuanto detalle sorprende en la apresurada toma de numerosas fotos malamente compuestas. El apuro del que se sabe de paso impone la ansiedad de documentarlo todo y disminuye la oportunidad de la observación en calma.

Museo de arte
Y cuando más tarde, como ahora, cuando se quiere hacer un recuerdo de lo visto, las fotos que se tomaron en la premura resultan insuficientes en número y calidad. Apenas si evocan lo que se miró por unos momentos. Sólo la memoria personal, ésa que no puede documentarse sino sólo aludirse de palabra, recoge y guarda la totalidad de la experiencia extranjera.

Vayan aquí unas cuantas imágenes como limitada muestra de lo que la ciudad de Manchester puede representar al que la visita como turista o peregrino en busca de su esencia. Son sólo sombras en el muro.

Falta en ellas la gente, que es algo mucho más difícil de captar en su complicada profusión y variedad. Apenas se baja uno del tren en Piccadilly Station se topa con la multitud que llena el sector central de la ciudad. Y se advierte inmediatamente la diversidad racial y la juventud de muchos.
También es algo que llama la atención los varios cafés y sitios, algunos al aire libre, en que la gente se sienta a comer y beber a pesar de lo fresco del aire. De notar también son los tranvías y buses que sirven a un público aglomerados en las paradas.

Alcaldía o City Hall
Como llegué temprano a mi hotel y no me sentía cansado, no me demoré demasiado en el cuarto--pequeño, de diminuta cama y escritorio, diminuto baño--y salí a conocer. Salí a sentir el aire fresco que los ingleses consideran cálidamente veraniego; salí a sentir la ciudad, captar su luz, aprenderle esos cielos en permanente cambio de nubosidades y sol. Salí a vivirla lo mejor que pude como persona ajena. Pisé las calles ancestrales en su recoveco de ciudad antigua orgullosa de su historia y su presente.

Aunque estaría en ella varios días me urgía aprovechar el tiempo lo más posible.








Proveído de un breve mapa del centro que conseguí en el hotel me eché a la calle sin otro plan que caminarlas, que es por lo general mi plan primero en toda ciudad que no conozco, el plan anterior al de las visitas a los sitios "que hay que ver". Me gusta descubrir por mí mismo lo que haya que ver, lo que veo con mis propios ojos de paseante sin otro objetivo que sentir el entorno novedoso y volverlo propio.


Biblioteca central. Construcción del siglo XX










2 comentarios:

Anónimo dijo...

Echo de menos mis días de patialegre errante que como vendaval capitalino, deambulaba libremente por doquier entre angostas calles y anchas avenidas, ya seguido, ya siguiendo algún aroma emanante de misteriosa cocina atrincherada en extraña urbe.

Hoy un idioma, mañana otro era mi mantra cotidiano. Hoy una revista en español, mañana un diario en francés, la siguiente un menú en italiano y así sucesivamente pude mordisquear y degustar casi en su totalidad las costas del Mare Nostrum y alrededores.

Esas cuestiones como la obligada necesidad de tener que ganarse la vida y satisfacer deudas continuadas, interfieren excesivamente con las delicias y libertades del viaje que mis otrora aladas sandalias de Mercurio (o de Hermes, si eres griego) me brindaban.

Oh, che belli tempi, quelli!

El barón

(¡Gracias por compatir las imágenes de tu periplo a Anglia!)

Armando Chavez-Rivera dijo...

Gracias, Santiago. Excelente crónica.