El artificio de la escritura / The artifice of writing


miércoles, 21 de febrero de 2024

Conversación con las paredes

“. . . quien habla solo, espera hablar a Dios un día. . .”

Dice un inacertado verso de un poema de un merecidamente admirado poeta.



–Te lo digo–habla quien poco espera de las palabras–: salvo por los pocos probablemente ungidos de los dioses . . .

–¿Existen tales prodigios?--parece decir una de las paredes.

–. . . no hay poeta que no tenga por lo menos un verso desafortunado.

–Lo dices por paliar tu desencanto.

–Y porque prefiero hablarles a las paredes, que son reales y no representan engaño alguno.


viernes, 9 de febrero de 2024

Razón de la verborragia



--Mientras siga el alboroto que llevo en la cabeza (el tinnitus incluído) --confiesa el grafómano-- no podré dejar de usar la pluma y arañar con ella la página en blanco, que tengo siempre al frente, y el silencio que me inflama la garganta.

miércoles, 7 de febrero de 2024

Paseo del convaleciente


Hoy salgo a caminar después de varios días de no haberlo hecho por falta de energías, es decir de interés, de ganas. Convalezco sin convicción alguna.

Lo hago, aunque a duras penas, por eso que dicen de que el ejercicio natural de caminar sin más objetivo que el hacerlo es un remedio excelente contra la murria inexplicable que a veces --más de las quisiéramos-- se nos posa a algunos en el hombro y nos susurra --pajarraco de mal agüero-- sandeces nihilistas, deprimentes. 

Salgo y me echo a caminar por el barrio con relativo --muy relativo-- entusiasmo, apenas energético. La murria me acompaña volando a mi izquiera de árbol en árbol y graznándome amenazas y maldiciones porque no le hago caso y trato de no caminar cabizbajo y a pasos desganados.

Lo cierto, sin embargo, es que mi esfuerzo por dejar atrás la rémora del tedio es en vano.

En vez de levantarme el ánimo con el ejercicio y la distracción, me hundo con más intensidad que de costumbre, atrapado por la atracción pavorosa de la nada, por el vértigo del vacío bajo mis pies. 

He tenido que detenerme para no caer y me he desmoronado, a medio sentar, en un  parapeto demasiado frío, demasiado duro, demasiado inestable y ondulante como un agua en tortuoso movimiento de serpiente que se escabulle y esconde entre la yerba. 

Con helado horror la veo enroscarse por el tronco de la encina de ramas torturadas bajo la que me he dejado vencer, despatarrado.