El artificio de la escritura / The artifice of writing


jueves, 23 de julio de 2015

Reporte de viaje: 9. Una iglesia

No fue la visita al pueblo de origen en el Distrito de los Lagos la última excursión en mi peregrinación a los lugares ancestrales.
















Al día siguiente de tal paseo, mi historiadora de la arquitectura victoriana de Manchester y genealogista que me ha enseñado el ramaje y las raíces de mi árbol genealógico materno me invitó a la que sería una visita para mí deslumbradora.









En sus mensajes anteriores a mi viaje, en los que me informó de lo que sabía de mi bisabuelo, me había explicado que entre las construcciones suyas que quedaban en pie estaba una iglesia en una ciudad cercana a Manchester, en la costa. Era a visitar esa iglesia que me había invitado.








Con esa atención suya y ese interés en mostrarme todo lo relacionado con mis ancestros, no sólo se había ocupado de identificar la iglesia y su ubicación, sino que además había obtenido del vicario de la misma una invitación para visitarla. Éste nos esperaba esa mañana para mostrarnos la iglesia en detalle.







Fue así como, de nuevo, Lesley se dio el trabajo de manejar desde su casa en las afueras de Manchester hasta mi hotel en el centro de la ciudad para recogerme a las 10:15 en punto y manejar hasta Southport, la ciudad en la costa donde mi bisabuelo, entonces un arquitecto de unos treinta años, había recibido el pedido de diseñar y construir la que sería la iglesia principal de un barrio que a fines del siglo XIX estaba creciendo con el auge del sector como lugar de veraneo de la burguesía de Manchester.




Sin duda debió tener experiencia en el diseño de iglesias para recibir tal pedido. El que haya documentación sobre otra iglesia suya, ya demolida, es indicativo de que el nuevo proyecto se debía a una reconocida capacidad del joven arquitecto para cumplirlo debidamente.







Que fue lo que el bisabuelo hizo: diseñar una sobria y hermosa iglesia en el estilo gótico inglés--que en esos años era el preferido por la Iglesia Anglicana--que hoy es un punto de interés en la ciudad y está citada en el registro regional de construcciones de valor histórico.








Construida en una esquina principal, con mansiones en las otras tres esquinas, la iglesia fue el punto de atracción del nuevo sector residencial de una ciudad costera privilegiada por lo que fueron en la era victoriana las primeras manifestaciones del turismo veraniego, con sus largas estadías en localidades con playa.


Nada de esta información me había preparado para lo que me esperaba. La iglesia, que yo imaginaba una pequeña construcción en un balneario, se nos apareció desde lejos como la alta torre de un templo de dimensiones mayores que las de una iglesia de barrio.








El vicario nos esperaba y nos recibió con grandes muestras de aprecio por nuestro interés en su iglesia, de la que no podría haberse manifestado más orgulloso.

Nos acompañó también el encargado de la mantenimiento de una construcción que por su valor histórico exige una atención constante y un conocimiento de los materiales, técnicas y diseños arquitectónicos del período. Nadie podría habernos dado una mejor explicación de las peculiaridades del edificio que conoce a perfección y por el que tiene gran aprecio.


De más está decir lo bien que me trataron en todo momento, como si mi visita fuera para ellos un acontecimiento igualmente importante como lo era para mí.

Algunas fotos dan cuenta de la sobria construcción que se inauguró el mismo año o el año anterior al de la partida del bisabuelo con su familia rumbo a Chile, donde se desempeñaría como arquitecto en varias dependencias estatales, entre ellas el Ministerio de Justicia.
La biógrafa de mi bisabuelo le pierde la pista a partir del momento que él deja Inglaterra, y fue buscando ese hilo conductor que dio conmigo a través del internet.

Desafortunadamente es poco o nada lo que yo pude aportar de información y es poco lo que he podido encontrar sobre él en el internet: una referencia a un reporte suyo del Miniserio de Justicia sobre las condiciones de las cárceles en la región de la Aaucanía, el que formara parte de la comisión de gobierno que visitó la ciudad de Valdivia con motivo del incendio que destruyera gran parte de ella a principios del siglo XX, el que trazara el plan de Con Con, el balneario en que crecí, que se fundó a principios del siglo XX en el sector de la desembocadura del río Aconcagua, entonces una región de caletas de pescadores.    
                                                                 
A lo más tengo recuerdos de lo que contaban de él mi abuela y mi madre y la memoria de la que fuera su casa en el cerro Agua Santa en Viña del Mar, viaje casona convertida en colegio, que se mantenía en pie todavía para las fechas en que deje Chile, yo como él, un viajero que nunca pensó que no volvería a su tierra de origen.






Southport, donde después de la visita almorzamos--yo un típico y delicioso "fish pie"--, merecería comentario y fotografías porque es una hermosa muestra de una ciudad inglesa de la época victoriana.
Basten estas fotos de unas fachadas del centro y del interior de una galería comercial que está entre las primeras de su estilo que se construyeron en Europa.





sábado, 18 de julio de 2015

Reporte de viaje: 8. El distrito de los lagos

Si bien mi bisabuelo ejerció como arquitecto en Manchester, en cuyo centro, como ya lo dije, todavía está en pie--como tantos otros del período victoriano--, el edificio en el que tenía su oficina (en la foto), su ciudad de origen es Grasmere en la región de los lagos (the Lake District), al norte de Manchester, famosa por los poetas románticos relacionados con ella.

Dediqué un día a visitarla.

Siguiendo las instrucciones de Lesley tomé en Picadilly Station, temprano en la mañana, a las 7:45, un tren que iba a Escocia. Al comprar el boleto me entregaron mi itinerario, con las estaciones donde tenía que hacer transbordo y el horario de cada tren. Lo único que no indicaba era el andén correspondiente. Con la calma del que sabe lo que está haciendo, que es la respetuosa calma de los usuarios de tan bien coordinado servicio de conexiones que lo llevan a uno por todas partes de Inglaterra, tomé mi tren en Manchester, me bajé en Oxenholme a la hora indicada en el itinerario, y a los pocos minutos, tal como lo indicaba mi plan de transbordos, tomé el tren a Windemere, donde tomé un bus para llegar a Grasmere, pasando por Ambleside.

Todo este trayecto, que no tomó más de dos horas, se cumple dentro de una región que a poco de dejar Manchester se vuelve montañosa: los montes Pennine. Ni trataré de describirla. Los campos ingleses, verdes y floridos, con grupos de vacas, ovejas y caballos en prados inclinados; las tupidas arboledas, con árboles en flor que no sé nombrar y debí haber averiguado cómo se llamaban, las granjas, los pueblos, todo tiene ese aire de paisaje bucólico al que nos acostumbraron precisamente los paisajistas ingleses.

Y qué se puede decir del placer tan grato que da viajar en tren, esa forma de transporte que por suerte Inglaterra mantiene todavía en uso. Podría uno extenderse largamente en comentar las virtudes del viaje en tren y expresar las nostalgias de tanto viaje--por cortos que hayan sido--que uno ha cumplido desde los años de la infancia en diversas tierras lindamente vistas desde la ventanilla de un tren suavemente cimbrado en su carrera.

Los buses, que salen regularmente de la estación del tren, evitando así la aglomeración de viajeros que vienen en ordas turísticas a visitar uno de los puntos más recomendados de Inglaterra por su belleza y su tradición literaria. Siguen un camino rural junto al lago que lleva a las varias pequeñas ciudades construidas desde muy antiguo en las lomas que rodean a los varios lagos.












Desde luego que opté por sentarme en la parte alta del bus, desde la que se tiene una vista mejor del camino y del paisaje.

El sector es pintoresco, con su paisaje montañoso, sus vistas del lago, sus casa antiguas y sus jardines. Es una región turística, como toda región hermosa; pero a pesar del gentío, que se congrega, claro está, en las tiendas de baratijas, en los restaurantes y cafés, en los muelles para abordar los barcos que hacen paseos por el lago y en los diferentes lugares de entretención--pseudo museos, tiendas, juegos electrónicos y demás pasatiempos típicos de todo lugar turístico--que los visitantes necesitan para divertirse porque la delicadeza del paisaje y de los pueblos no logran entretenerlos, me propuse no incomodarme.

Me dediqué a caminar y a ambientarme. La ya inevitable toma de fotografías me detuvo un centenar de veces, distrayéndome de la contemplación. Si tomar fotos tiene la virtud de obligar al ojo a ver con más atención, la necesidad de tomar las más fotos que sea posible en el corto tiempo que se tiene como viajero de paso le roba a la experiencia parte del goce de apropiarse, aunque sea por unos minutos, del espacio ajeno en que se busca lo propio.

Para mí, esas horas caminando por el pueblo donde nació y creció mi bisabuelo, sus padres y sus abuelos, tuvo un carácter especialmente emotivo, algo así como un religioso ritual de reconocimiento, esa emoción que nos lleva a sentir que no somos más que un eslabón de una cadena que ata un pasado ignoto con un futuro igualmente desconocido.

Nunca habrá pensado mi bisabuelo adolescente que algún día, un siglo después, un descendiente suyo miraría los mismos montes, los mismos lagos, los caminos, las casas, las nubes que él conoció y amó con el cariño que seguramente mantuvo hasta su muerte en tierras ajenas que adoptó y quiso como emigrante; y no se le habrá ocurrido en el más fantástico de sus sueños de muchacho que la memoria de mis ojos combinaría en su tierra natal dos paisajes familiares para sus propios ojos.


Dedicado por completo a mi peregrinación casi no me di cuenta de la gente, tal vez porque mis paseos fueron por lugares y rincones que al gentío no podía interesarle. Incluso mis fotos los esquivan al punto de que no aparezca en ellas ni una sola persona del millar que pululaba por para mí tan sagrado territorio.





En el viejo cementerio de la iglesia de Grasmere, no lejos de la tumba de uno de los más famosos poetas románticos de la región, William Wordsworth, hay una lápida que marca el lugar donde está enterrado el arquitecto que fue el abuelo, por parte de madre, de mi bisabuelo y con quien probablemente hizo éste su aprendizaje de arquitecto, como se lo hacía en ese entonces. La profesión de su padre era otra: la sastrería porque era un Master Tailor.