El artificio de la escritura / The artifice of writing


miércoles, 20 de junio de 2018

De una "Memoria de la vanidad": Vanidad del verbo

Cuando empezó a escribir de veras--casi un niño todavía--comprendió que en la página en blanco iba poniendo, sin apenas darse cuenta, lo que en la imaginación le bullía de deseos. Recuerda ahora muy bien lo que entonces puso en el papel, lo que dijo y escribió; y también recuerda que no bastó, que no sirvió de nada. Porque la palabra-- bien lo sabe en su vejez--no basta, definitivamente no basta, a pesar de su mágico poder de ensalmo.


No es la inefabilidad--piensa en su derrota--lo que limita al escritor tanto como la incapacidad de la palabra para ir más allá de la palabra y de veras abrir--oh sésamo--las puertas de la cueva del tesoro. 

La magia y su voluble sugestión--propone el escriba--nos ha engañado a lo largo de los siglos con sus abracadabras insinuantes e inefectivas, con sus letanías y oraciones enervantes, con sus lastimosas invocaciones a las fuerzas de un misterio que no existe. Palabras todas--insiste--de un ritual del engaño. De un ingenuo autoengaño, tal vez, pero engaño: pura fantasía de mitómanos inspirados.





Se habla de un coro de ranas, de una cantata de grillos, del motete obsesivo de la cigarra, del zumbido de la alada abeja que regurgita en el panal del verso la miel de los ensueños, dulcísimo alimento de la musa, panacea que el género humano, dotado de palabra, consume ansioso de una mejoría que nunca se consigue. Símbolos son del canto ciego del aeda. Flatus vocis, jerigonza, parloteo inútil, fórmulas rituales de la ilusión, vana magia en vano.




jueves, 24 de mayo de 2018

Balbuceos sobre el tiempo

Los días, bien lo sabemos, no esperan: se van sucediendo uno tras otro de crepúsculo a crepúsculo, noche tras noche a lo largo de los años, que tampoco esperan.

Avanza el tiempo, implacable, con la inmutable perfección de las leyes del perpetuo movimiento: el péndulo y su ritmo eterno. Porque el tiempo carece de un inicio y no lleva a un final determinado.

Más que el fluir de un río--que es metáfora expresiva--tiene el tiempo el movimiento circular de un vórtice infinito, espiral sin fin que gira sobre el eje del vacío. Dígalo si no la vastedad inconcebible del universo que vamos descubriendo a diario como quien vuelve curioso y sorprendido una a una las páginas de un libro interminable.

Una letra a lo más, un punto suspensivo es, acaso, cada cual en el libro de inagotables páginas de un texto a la vez siempre nuevo y repetido como el curso de una letanía o las variaciones de una partitura de exactitud matemática.

Un signo de puntuación apenas o ni siquiera eso: sólo el vacío del espacio en blanco entre dos palabras impronunciables.

Ínfima presencia la nuestra, mínimo estar en el
pasar del tiempo, ese texto enigmático que alguien lee en sacerdotal sonsonete dándose a ritmo cabezazos contra el mármol del altar, la lápida definitiva.

Resuena en la caverna del infinito--templo desmedido--el martillar del hueso mortal contra la piedra eterna.

Cada gota de agua que en la clepsidra se desprende--abalorio del rosario incesante--retumba también en el vacío como el tambor del pulso retumba en los intersticios de la calavera.



jueves, 10 de mayo de 2018

De "Memorias de la vanidad": Sensualidad de la escitura

Escribir es un ejercicio en gran medida físico, como es física--corporal, sensual, por cierto--toda actividad y toda experiencia humana. Ceniza que a la ceniza vuelve es el cuerpo ardiendo en la conciencia de sí mismo: vive. Siente y piensa: sabe que existe, que es materia viva. Quien escribe lo fundamenta. Porque no es posible escribir sin los instrumentos de la escritura, incluídos los que el propio cuerpo del que escribe aporta: ojos y manos, codo del brazo que apoya la cabeza, boca que descifra la enredada voz de la caligrafía, cerebro que todo lo combina: mente encendida.

Escribir es un oficio manual, una forma de orfebreía.  

Quienes nos iniciamos al hábito de redactar a diario en los años previos a, ya no la maravilla de la electrónica, sino en lo anteriores a la invención del bolígrafo más simple, tenemos una dependencia física y emocional del papel de diversas texturas—cuadernos y libretas--, la pluma fuente y sus caprichos, la tinta y su aroma, el lápiz de grafito, de sabrosa madera. Manos, ojos, nariz, boca y oídos los gozan en el acto de escribir, acto sensual que a la mente motiva e inspira.

Se nos enseñó a escribir copiando--con pluma de palo empapada cada tanto en el tintero de loza--lo bien escrito por otros. Letra a letra, la caligrafía engorrosa de la plumilla ya demasiado cargada de tinta, ya reseca, iba llenando con palabras imitadas, línea a línea, las planas que, cada vez mejor escritas, se amontonaban, cuaderno a cuaderno en esa acumulación de papeles cuyo encanto los invisibles directorios digitales no alcanzan a reproducir.

La copia fue disciplina diaria y de ella, de ese diario inclinarse sobre el pupitre levemente inclinado como los viejos facistoles de monjes escribas, fue surgiendo el encanto de la palabra escrita que trasciende a tinta y nace del susurro de la pluma que convoca del silencio a la mirada la letra manuscrita que aparece en el papel como surgiendo de la nada. Palabra también dicha en el murmullo del que al leerla la dice y casi al instante la repite al transcribirla. Sabor de la palabra, belleza visual de la caligrafía, filigrana descifrable.

Casi sin darnos cuenta fue esa monótonamente inspiradora disciplina la que nos llevó de copiar las palabas ajenas a crear las propias. Maravilla de lo inesperado. Visto el milagro sorprendente la sorpresa entabló su dominio. Para siempre. Ya no fue posible el silencio ni el mundo sin palabra escrita. La disciplina diaria de escribir y murmurar lo escrito dejó de ser una aparente mecánica para transformarse en el deleitoso ejercicio de inventar trazando arabescos siempre nuevos en el papel en blanco. Papel que, cubierto de palabras, se archiva y guarda en el creciente tesoro de lo que se volverá a leer—acto también sensual--un día.