El artificio de la escritura / The artifice of writing


viernes, 3 de julio de 2015

Reporte de viaje: 6. Encuentro

Creo haber dicho que no fue de turista que llegué a Manchester. Llegué cumpliendo un deseo y un plan concebido en la adolescencia: visitar la región de donde proviene la familia de mi madre que, hasta donde he llegado a saber, es el Lake District de Inglaterra, no muy distante al norte de Manchester 

Relegado a lo largo de los años al futuro impreciso e improbable de las ilusiones el plan se ha cumplido inesperadamente por una rara coincidencia: mi asistencia en junio a un congreso de literatura española en Cambridge y un mensaje de correo electrónico recibido unos seis meses antes en el que alguien para mí desconocido hasta entonces me preguntaba si yo tendría alguna información sobre el arquitecto que había diseñado la casa victoriana en que ella habitaba en Manchester. Y el arquitecto al que se refería no era otro que mi bisabuelo, Roger Fleming Tolson, del quien yo no esperaba que hubiera memoria en Inglaterra. No sabía yo que antes de emigrar a Chile había trabajado de arquitecto algunos años y que algunas de sus obras todavía existen. Me escribía por si acaso porque sus investigaciones sobre mi bisabuelo quedaban truncas a partir del momento en que dejó Inglaterra con su familia a finales del siglo XIX.

Contesté al sorprendente mensaje diciendo que el arquitecto de su casa era mi bisabuelo y que era muy poco lo que yo sabía de él. Daba la casualidad que meses antes había yo encontrado en el internet algunos—muy pocos--datos sobre sus actividades en Chile. Fue lo único que pude ofrecerle de ayuda, pero de esa respuesta surgió un intercambio de mensajes y un creciente deseo de cumplir mi plan de visitar Inglaterra cuanto antes.

Fue así, entonces, que confirmé mi participación en el congreso de Cambridge e hice el plan de viaje y las reservaciones de vuelo y hoteles. Volaría a Londres y el mismo día de llegada tomaría el tren a Manchester, donde pasaría seis días antes de viajar (ya se vería cómo) a Cambridge al congreso; de allí iría a Londres a pasar una semana paseando. Estaba claro que sería un viaje muy diferente a tantos otros. Sólo mi primer vuelo a Barcelona--la ciudad de mis abuelos paternos--el verano de 1970, podría comparársele en importancia y significado. Las semanas de espera fueron de un creciente nerviosismo que no vino a calmarse hasta mi llegada a la estación de Piccadilly en Manchester, donde se transformó en una emoción que no sé si tenga nombre.


Al momento de bajarme del tren en un pleno día que era mi madrugada, la ciudad se me presentó como deseable con su aire de un pasado estupendo. El gentío en la estación de constantes salidas y llegadas de trenes en más de diez andenes que se anuncian en las pizarras electrónicas nunca fijas llevaba en su flujo apresurado a la salida, a la avenida donde los buses de dos pisos y el tráfico a la izquierda confirmaron que había llegado a mi destino.


Me lancé avenida abajo seguido del sumiso equipaje rodado que como perro cojo se tambaleaba y perdía el paso con cada irregularidad del pavimento y con los obligados cambios de dirección que demanda el público numeroso que va ocupadísimo, cada cual a lo suyo. No era yo el único seguido de su maleta, pero probablemente el único sobrecogido con la experiencia de caminar esas calles que debieron ser las últimas de Manchester que mis antepasados pisaron en su viaje a las antípodas.

En los pocos minutos que me tomó interpretar lo visto previamente en el mapa y suponer donde estaba mi hotel llegué al mismo; y en la puerta—una entrada cualquiera en un edificio del siglo XIX—me arrepentí de haberme dejado llevar por el precio en mi decisión de hacer reservas en un hotel cuya foto de internet aunque no mentía engañó al tacaño.

La necesidad tiene cara de hereje y como tal me hube de conformar con las deficientes condiciones del hotel y el mínimo cuarto—celda más bien—que me asignaron. Era, después de todo, sólo un lugar de descanso y aseo y aunque no tan a mi gusto y por no buscar mejor acomodación tuve que añadir una noche a las ya reservadas porque me había equivocado en la fecha en que dejaría el hotel para seguir viaje a mi segundo destino.

Por no sé qué problema con el sistema, no pude usar el teléfono ni el internet para comunicarme con quien estaba esperando mi llegada. Pude usar, por suerte y a un costo elevadísimo a mi parecer, el computador en la sala de recepción y así quedó acordado que vendrían por mí la mañana siguiente a las 11:30, como lo hicieron puntualísimamente—estábamos, que duda cabe, en Inglaterra--, dando así comienzo a una experiencia inolvidable por conmovedora.  


En efecto, a las 11:30 en punto Lesley—la persona que estudia la obra de mi bisabuelo y de otros arquitectos de Manchester--entró a la recepción del hotel e inmediatamente nos dimos cuenta de quienes éramos. Fue un encuentro efusivo y cálido, como de amigos de siempre. Empezamos inmediatamente una conversación que—salvo algunos intervalos en que conversé a solas con John, el esposo de Lesley, cuando ella insistió en ocuparse ella sola del almuerzo en la cocina—no cesó hasta el momento en que me dejaron de vuelta en el hotel a eso de las 9:00 de la noche. Estaba claro todavía pero no me sentí con energías para salir a caminar de nuevo por la ciudad de mis bisabuelos que ahora, después de horas de haber hablado sobre ella, se me hacía tanto más deseable, como un cariño que se va formando poco a poco en la convivencia.

Subí a mi cuarto, me puse el pijamas, preparé una taza de té y traté inútilmente de cumplir la tarea imposible de dejar constancia en mi libreta de lo acontecido y conversado en este día irrepetible que con el tiempo irá cobrando su completo valor y significación en la memoria. En ese momento estaba yo demasiado afectado por lo inmediato e increíble de la experiencia: había almorzado y pasado la tarde en una casa diseñada hasta el último detalle por mi antepasado.

Recuerdo con una nostalgia que combina memorias de mi infancia con ilusiones de un pasado ancestral que al estar almorzando podía yo ver por una ventana que daba al patio de atrás una tapia con un rosal profusamente en flor que bien podía haber estado en el jardín de mi madre en Viña del mar. Las rosas--abundantes en ambas tierras--Inglaterra y Chile--de clima perfecto para ellas, me siguieron sugiriendo las mismas confusas memorias durante toda mi estadía en Inglaterra.

(Las siguientes fotos de un parque de Manchester dan una idea de la belleza de los jardines ingleses)












jueves, 2 de julio de 2015

Reporte de viaje: 5. Algunas consideraciones

“Details make all the difference” es el motto de la libreta de bolsillo o carnet que compré apenas llegado a Manchester. “Ein Notizbuch ist unverzichtbar” (Una libreta de notas es indispensable) añade el folleto que acompaña a la libreta producida en Alemania por la casi centenaria compañía Leuchtturm de Hamburgo. Y aciertan en ambas afirmaciones los fabricantes de tan bien hecho objeto: para el viajero atento ha sido el carnet de nota desde siempre una necesidad y su atención a los detalles una obligación. Por lo mismo es una costumbre mía cada vez que voy de viaje comprar una libreta y una plumafuente en el lugar que visito; y una de mis primeras excursiones en toda nueva ciudad es la búsqueda de una papelería.


En Manchester tuve la suerte de toparme con una lindísima tienda de arte a pocas cuadras del hotel cuando al día siguiente de llegado salí a darme una vuelta por las calles menos transcurridas aledañas al hotel para desde ellas y sus curiosidades volver al sector de las tiendas. Compré allí la libreta en que he tomado estas notas. Habría querido conseguir una libreta hecha en Inglaterra, pero no tenían ninguna. Tampoco tenían plumas fuentes. Ésta—también alemana, una estupenda Staedler—y la libreta inglesa imprescindible las compré un día después en un mall extenso a pocos pasos del hotel en una amplia y concurridísima calle peatonal gracias a la ayuda de una dependiente que me indicó dónde encontrarlas en el laberinto del centro comercial.

Ya provisto de mi instrumental pude en diversas ocasiones sentarme a tomar el té con scones y a escribir junto a una ventana que me diera la oportunidad de observar esos pequeños detalles que hacen la diferencia.

(He de advertir que cuando se habla en una narración de “diversas ocasiones” se está acudiendo a una generalización que narra más que nada un sentir en la memoria una diversidad que en la realidad a lo mejor no la hubo. El recuerdo tiende a exagerar, sustituyendo lo que exactamente sucedió con lo que ese suceso produjo en la mente: la impresión de una repetición y durabilidad que la mente opone a la transitoria diversidad inherente al viaje necesariamente apresurado del que cuenta los días que se le van demasiado rápido.)

Y no es un detalle irrelevante el de la comida, uno de los aspectos principales de la experiencia de viajar. Es lugar común decir que la cocina inglesa es una calamidad. El viajero que así piensa y pasa algunos días en el Reino Unido puede librarse del sacrificio de comer lo que no sabe apreciar ni entiende atiborrándose de pasta y pizzas italianas, hamburguesas, curries, comida china, turca y mexicana, entre otras variedades de comestibles internacionales. Yo, nostálgico de sabores de la mesa casera, opté cuantas veces pude por comer lo típicamente inglés. Para eso nada mejor que los pubs, donde además de una variedad de cervezas suelen servir la comida que yo andaba buscando: steak and kidney pudding, fish and chips, bangers and mash, fish pie y otros pies de carne. Y a la hora del té me incliné por los scones y los pies de manzana y limón que superan en delicadeza a cualquier pie que uno pruebe en otras tierras.

Son los pubs un detalle central en todo viaje a Inglaterra y en Manchester no faltan y casi todas se caracterizan por un atractivo exterior y un interior que invita a pasar las horas charlando. Algunos exteriores que fotografié dan una buena idea de lo que un pub representa en el paisaje urbano:










Viajar lo enfrenta a uno con insistencia a lo mucho que los detalles afectan la experiencia cotidiana. Detalles tanto gratos como desagradables. Porque viajar es una actividad contradictoria en la que se contraponen la ilusión de la aventura y la novedad con la realidad de las complicaciones y dificultades que toda aventura presupone. La actitud del aventurero frente a los detalles determina la calidad del viaje, su condición de experiencia gratamente memorable o todo lo contrario.
Viajar, por lo mismo, es un ejercicio espiritual que requiere de convicción y disciplina. La industria turística, que está dirigida a hacer innecesarios esa atención al detalle y ese esfuerzo personal que han sido lo esencial del viaje, su razón de ser, promueve una concepción malsana de lo que es viajar. Por eso es que hay que evitar lo que se promueve como entretención y pasatiempo, rechazar la idea de que el viaje es un abandonarse al no hacer nada, al pasarlo bien a toda costa. Viajar es un esfuerzo y un logro.

Dichoso es el que puede ir a solas descubriendo lo que la realidad ajena le ofrece al que la sabe observar en sus detalles, ésos que no se anotan en las guías turísticas porque dependen de quien los advierte. Detalles como el caminar de la gente, el olor del café al doblar una esquina, el nombre de una calle, una ventana, el suave gastado de las piedras de una escalinata, los niños de uniforme en los museos, la cerveza recomendada en el bar por el muchacho que juzga bien tus preferencias, una fachada que nadie mira o un jardín interior entrevisto desde un portal. Viaje sin otro itinerario que las sorpresas de la suerte.

El esfuerzo de cargar equipaje, hacer colas, no entender la lengua en que te hablan, comer lo que sienta mal, atender a los detalles de pasajes y pasaporte, cambio de dinero, reservas de hotel, precios incomprensibles no es más que la prueba de fuego, el precio que hay que pagar por la dicha de trasponer la frontera invisible entre dos mundos, el habitual y el ajeno, el que hay que descubrir paso a paso y atento a todo como el explorador que no sabe qué le espera más adelante.

sábado, 27 de junio de 2015