El artificio de la escritura / The artifice of writing


jueves, 3 de septiembre de 2015

Reporte de viaje: 12. Cambridge

El día que dejé Manchester para ir a Cambridge desperté a eso de las 7:00 de la mañana ya imbuido del espíritu del viaje. Antes de las 8:00 estaba arrastrando mi equipaje camino a Picadilly Station apenas cuatro cuadras--si tantas--de mi hotel. Era yo uno más de un sinfín de viajeros con su equipaje a rastras. Al viajar se sume uno en la multitud y cree comprender la soledad esencial del individuo.

Para evitarme la preocupación que produce tener boletos reservados para una hora precisa, y habiendo visto los muchos trenes que conectan las ciudades del Reino Unido, compré mi pasaje esa misma mañana. De las varias combinaciones posibles que me recomendaron opté por la más lenta que, en vez de llevarme a Londres y de Londres a Cambridge en unas pocas horas y con sólo un transbordo, tomaba varias horas y dos transbordos en ciudades de las que nunca había oído y que he olvidado por no haber anotado sus nombres. No sabría decir qué recorrido hice en los tres trenes que tomé porque tampoco tomé nota de los de los lugares que fuimos pasando. Baste decir que el viaje fue expedito, porque las combinaciones de trenes fueron exactas, y entretenido por la variedad y belleza del paisaje y las localidades por las que pasamos.

El tren, para quienes lo usamos cuando niños en paseos y viajes de vacaciones, tiene el encanto de las memorias de la infancia.


Para el medio día ya estaba yo en Cambridge. Por evitarme la demora de encontrar cómo llegar al hotel y la incomodidad de hacerlo en bus tomé un taxi. El taxista, un tipo de Bangladesh, resultó tan atento como la mayoría de las personas con que me traté en Inglaterra y en los quince minutos que le tomó dejarme en el hotel, que estaba bastante más lejos del centro de lo que yo pensaba, me informó de lo que una guía de turismo me habría informado en unas aburridísimas y mal escritas veinte páginas. Supe por él cómo movilizarme en la ciudad usando el transporte público. Caminar a la universidad, como yo esperaba hacerlo, resultaba impracticable.


Subí a mi cuarto y casi inmediatamente salí por no perder un minuto del día. Siguiendo las instrucciones del taxista, caminé por lo que parecía un barrio casi rural, que resultó ser una población cercana a Cambridge, hasta el paradero del bus que en menos de media hora me dejó en el centro de Cambridge, casi al frente de Emmanuel College, que era donde el congreso tendría lugar al día siguiente.

Pasé la tarde caminando por esa lciudad universitaria que, con justificada razón, uno ha idealizado por su prestigio intelectual.



Estaba terminando la semana de exámenes finales y el ambiente era festivo. Entre la multitud de turistas se veían grupos de estudiantes, no pocos de ellos en ropas de gala y con botellas de champaña para las celebraciones. A causa de los exámenes los varios colegios estaban cerrados y no pude visitar sus patios interiores; pero a cambio me di un largo paseo por los prados y parques y junto al río, en el que abundan los tradicionales botes impulsados por muchachos que, de pie en la popa, maniobran con una pértiga.



El día siguiente lo pasé en el congreso y en charlas con amigos de muchos años y nuevos conocidos igualmente interesados en las cuestiones literarias y culturales tratadas en el encuentro académico. Particularmente grato fue verse con profesores que fueron alumnos míos, uno de ellos nada menos que el jefe de departamento de lengua y literatura española en Kings College, el de la esplendorosa capilla gótica, que no supe fotografiar bien con mi teléfono.

(Esto de la fotografía turística merecería un comentario aparte)

A las cinco de la tarde me senté en un local atiborrado de turistas a tomar té, y bastante más tarde, ya cansadísimo de caminar, cené unas muy inglesas salchichas con puré de papas y un pale ale en un pub atendido por unos muchachos españoles.

Me quedé en Cambridge hasta el lunes, cuando por la mañana tomé el tren a Londres, donde me quedé una semana dedicada a un par de museos y a caminar y caminar las calles, que es la dicha del viajero.

El domingo, cuando paseaba por Cambridge esquivando turistas que, como yo mismo, lo fotografiaban todo con sus celulares, me topé con un profesor español de los que asistieron al congreso y con él, que era miembro de uno de los colleges, pude conocer el interior de éste, con su salón de lectura para los profesores, y almorzar en el comedor tradicional que las película de Harry Potter han convertido en espacios casi míticos.

También gracias a tal encuentro, que resultó en una larga y amena conversación y paseo, pude asistir en el sector reservado para el profesorado al oficio religioso de las 4:00 de la tarde en la capilla de Kings College. Es ésta una ceremonia sobria y solemne con lecturas, himnos cantados por los concurrentes, música de órgano y coro infantil que conmueve por su perfección litúrgica. El espacio interior de la capilla es por sí solo sobrecogedor con sus esbeltas columnas y la casi transparencia de los vitrales.

Algunas fotos pueden dan una idea de la ciudad universitaria:





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